Hace unas semanas, Percival Everett ganó el premio Pulitzer de ficción por su novela James. En estos últimos años, gracias al esfuerzo editorial del sello De Conatus, la obra de Everett ha penetrado poco a poco en el tejido lector castellanoparlante. Si hay un denominador común en sus libros este es la experiencia del racismo en los Estados Unidos, ya sea a través de la Historia del país (Los árboles), la literatura (James) o los estereotipos culturales asociados (Cancelado), entre otros asuntos.
Everett utiliza el humor y la sátira como claves para revisitar las heridas abiertas de un país en permanente división. Tanto da si se trata de darle una vuelta a los personajes de la narrativa de Mark Twain como si lo que busca es jugar con sus propios prejuicios como escritor. Su escritura, perspicaz y atenta a los detalles, tiene lo suficiente de posmoderna como para no entretenerse en florituras de estilo y profundizar, con un poco de mala baba, en esas cuestiones humanas y morales que flotan al hablar de raza, cultura, país o, directamente, América.
En Everett la escritura es una manera de sobrevivir, más que al discurso de odio, a la indiferencia con la que parece despacharse el racismo. De ahí que en el humor haya siempre un poso de melancolía y de reacción frente a todo eso. Una forma de decir y de contar esa herida que, pese a todo, permanece. Como la obra de su autor, uno de los grandes nombres de la literatura norteamericana contemporánea.