En el prólogo a su colección de relatos, Miguel Sáenz, traductor de Thomas Bernhard, señala que, al igual que sucede con la música de Mozart, bastan unas pocas frases para reconocer el característico estilo del autor austriaco. Así, de buenas a primeras, uno puede pensar en una cuestión de ritmo: frases de largo aliento que viven en el texto con otras más secas. Afiladas. De esas que caen como un rayo. Y, sin embargo, no rompen el ritmo, porque a su manera amortiguan -más bien, nos preparan- para esa repetición sostenida por Bernhard con una facilidad casi sobrenatural. De forma que cada página es como un remolino que va tirando de las palabras hasta convertirlas en ritmo. En la construcción precisa de ese estado de euforia y asco, de horror y humor, que Bernhard emplea como tono para su reflexión.
El malogrado, que forma parte de su última etapa creativa, es también una de sus novelas más conseguidas. Como en Hormigón con la obra de Félix Mendelssohn, aquí la figura de Glenn Gould es, prácticamente, catalizadora de la complejidad de la psicología humana y las contradicciones, numerosísimas, que desembocan en una espiral de admiración, frustración y, por qué no decirlo, humor. No en vano, esa amistad con Wertheimer es, antes que nada, el retrato de una sociedad en decadencia… por no decir un país (Austria) y una época. En ella, Bernhard tiene espacio para volcar sus reflexiones sobre el trabajo del escritor, la realidad del intelectual o el presente de Austria. Y, ni qué decir tiene, todas son provocadoras, puñetazos directos a la mandíbula de un establishment al que, en verdad, no hacía ascos. Lo interesante radica en observar cómo el autor se revuelve ante lo fácil, cómo desnuda las pequeñas miserias de sus paisanos para describir las entretelas de esa pútrida patria. Cómo, en cierto modo, ese asco funciona a la manera de una restricción literaria de la que se vale su autor para llevar su escritura cuantos pasos más allá como haga falta.
Gould no deja de ser un fantasma, otro maldito, de cuya mitología se vale Bernhard para tramar una reflexión sobre la debilidad y lo fugaz, sobre la falta de profundidad que alcanza a una personas excedidas ante la figura de un genio. Empequeñecidas. Lo interesante de esta novela es cómo, a medida que avanza, conforme nos dejamos llevar por el monólogo maníaco de su protagonista, algo de la realidad se va quebrando, diluyendo, deformando, hasta convertirse en lo más parecido a una pesadilla. Irreal, pero extrañamente cercano. Cuando el libro termina, en esa mezcla de angustia y de un humorismo decididamente corrosivo, Bernhard ya ha cumplido su objetivo: hacernos ver/hacerse ver la difícil tarea que tiene el mundo para conciliar algo así como un objetivo profundo, real, íntimo en un mundo que solo se relaciona con las cosas a través de lo pasajero. De lo fugaz. De lo material. De todo aquello que ni deja huella ni hace efecto. Cuando ese torbellino de frases y palabras disparadas con esa cadencia tan única de Bernhard cesa, casi de golpe, lo que vemos es a uno de los últimos grandes de la literatura del Siglo XX recogiéndose en la intimidad. O en la locura de Wertheimer al piano liquidando toda la grandeza posible de una obra tan inabarcable como Las variaciones Goldberg. La escritura, en definitiva, contra todo y contra todos.