Capítulos, a veces atropellados, embriagados de un ambiente loco, de anécdotas y personajes estrambóticos que pueblan una América de carreteras secundarias y vidas al margen. Ese podría ser un resumen rápido de Corazón salvaje y apenas serviría para rayar la superficie del talento narrativo de Barry Gifford. De su habilidad para construir diálogos, recabar detalles, contar desde lo aparentemente insignificante esa otra historia de América. Con unos personajes, Sailor y Lula, que a menudo rozan el amor más profundo y naïf (love is the power supreme, como decía Estela Plateada en sus cómics).
David Lynch adaptó la historia añadiéndole una buena cantidad de ultraviolencia, así como un pelucón rubio para su Perdita Durango. Pero, en realidad, supo capturar el tono y la ternura de unas criaturas tan raras como extraordinariamente cercanas. Con esa brevedad propia de quien parece escribir a la carrera, Gifford salpica cada capítulo de anécdotas tremendas en un tono, a menudo, de pura inocencia. En Corazón salvaje hay espacio para violaciones y atracos frustrados, para personajes tan carismáticos como Bobby Perú o la fauna loca de un pueblo moribundo como Big Tuna. Leemos los sueños de Johnny Farragut, el detective que persigue incansablemente a Sailor y Lula, y sus aspiraciones de convertirse en escritor. También está Marietta, la madre terrible, y su inquina feroz hacia Sailor. Y hasta hay espacio para que se deslice por sus páginas personajes tan turbios como Marcelo Santos o esa Perdita que, más adelante, tendrá su propia aventura. De hecho, no hay página de la novela en la que no aparezca alguien, se hable de algo o se comparta un recuerdo, en ese tono tan ligero, a menudo desenfadado, con el que Gifford es capaz de meter en el mismo saco literario lo bello y lo siniestro.
Corazón salvaje aúna la visión particular de Gifford de una América mutante, hermosa y desagradable, mezclada con su habilidad para amoldar los clichés del género en un molde narrativo que los presenta a la velocidad de un tren de mercancías a punto de descarrilar. Rápidos, viscerales, caricaturescos, tiernos y terriblemente humanos. Así debería ser la literatura de género y así, en definitivo, la hizo Gifford. “Larguémonos, antes de que nos veamos bailando sin música al extremo de una soga”. O eso, al menos fue lo que le dijo Pancho Villa a Cisco Kid.